Variable

Wednesday, May 17, 2006

Cotidianidad 3

Estoy convencido de que en España disfrutamos de uno de los mejores sistemas de asistencia sanitaria del mundo. Sin embargo, es claro igualmente que el sistema podría ser incluso aún mejor. La cuestión no es tanto la relativa a la tradicional discusión entre gestión pública o gestión privada de la sanidad, sino más bien, a cuales deberían ser los sistemas de control en cuanto a la consecución de la eficacia y la eficiencia. Sin dejar de reconocer que en la base del tema esté siempre presente el binomio público/privado en cuanto a la preferencias para la consecución de tales objetivos, lo cierto es que uno de los principales problemas es el que tiene que ver con la mentalidad del usuario de creerse que los costes del sistema "no existen", o que si existen, no le corresponde a él satifascerlos de manera específica, pues para eso ya están los impuestos que cobra el Estado.
He aquí entonces la terrible paradoja que se plantea a diario. El paciente que acude como demandante a un centro sanitario público, investido como está de todos los derechos, exige a "grito pelado" si fuere menester, ser debidamente atendido. No a las colas, trato amable por parte del personal sanitario, habitación individual, etc, etc, etc. Por el contrario, cuando decide, por las razones que fuere, acudir a un centro privado, aparte de tener que hacer cola, tener menos acceso a tecnologías médidas de última generación, o recibir incluso un trato igual o peor que el que se le dispensa en un centro público, no sólo se comporta "educadamente", sino que cuando el facultativo (su secretaria) le pasa la factura, el mismo la paga poniendo una sonrisa indicativa de su tremenda ignorancia y agradecimiento por el servicio prestado. Y es que lo que cuesta se agradece y valora, y lo que no, se desprecia olímpicamente o no se valora en debida forma. Saludos.

Wednesday, May 10, 2006

Cotidianidad 2

Siempre ha existido la tendencia del ser humano a tratar de explicar determinados acontecimientos sobre la base de la teoría de la conspiración. Sin duda, se trata de un posicionamiento comprensible en términos generales (siempre que no sea producto de un sujeto claramente paranoico) cuando está referido al ciudadano medio. En este sentido, la "conspiración" resulta ser un expediente socorrido para explicar sin mayores indagaciones determinados resultados que, o bien resultan complejos en cuanto a las causas que los originan, o bien, resultando claramente explicitadas las causas, es más cómodo acogerse a la teoría de la conspiración en tanto se cuestiona la veracidad u objetividad de tales causas. Pensemos, por ejemplo, en los atentados terroristas perpetrados en USA contra las Torres Gemelas. Muchos ciudadanos están convencidos de que aquel suceso no fue producto de una acción terrorista organizada por islamistas suicidas, sino que el mismo fue organizado por los sionistas con el fin de así provocar que el Goberno norteamericano se implicara en una guerra abierta contra los "enemigos de Israel".
Resulta evidente que la conspiración como instrumento de actuación para la consecución de determinados objetivos no debe ser nunca descartada a priori. Es más, ese instrumento es utilizado por los Gobiernos, por los grupos de poder económico o de otra naturales, o incluso por los propios ciudadanos a título grupal e individual (pensemos en las manifestaciones hoy calificadas como "acoso", producto en muchas ocasiones de una auténtica conspiración para alcanzar un objetivo detestable).
Sin embargo, la conspiración auténticamente perniciosa es aquella que califica como tal la actuación de otro a sabiendas de que no lo es. Esto es, la que es producto de auténticos conspiradores que acusan de tales a los que a conciencia ellos saben que no lo son. Aquí la conspiración va unidad a la mentira y a la manipulación de las conciencias con el fin de lograr un objetivo determinado.
Podriamos poner muchos ejemplos en los que está presente este tipo de conspiración. Baste con señalar dos: de un lado, las conspiraciones presentes en el seno de un partido político con el fin de "eliminar" a un adversario o a un sector del propio partido a la hora de confeccionar una lista electoral. El motivo o causa para ejecutar la "eliminación" es que el adversario es un supuesto conspirador contra los intereses sacrosantos del partido (de esto sabía mucho el camarada Stalin, aunque también es verdad que en la mayoría de las ocasiones no se exigía a sí mismo mayores sutilizas y optaba por el camino de la pura y dura eliminación física del camarada adversario); de otro, la conspiración urdida "sobre la marcha" a fin de conectar acontecimientos diversos que en un momento decisivo puedan cambiar la previsión de un resultado. Ejemplo grandioso de esto último lo tenemos en la sabia y maquiavélica (con perdón a Maquiavelo) conexión de la oposición popular a la participación de España en la guerra de Irak y el asesinato de casi 200 personas en el atentado terrorista perpetrado por islamistas fanáticos el 11 de marzo 2004 en Madrid. Estoy convencido de que los auténticos conspiradores acusaron de conspiración para mentir al Gobierno de Aznar a sabiendas de que ello no era así.
Sin duda, la anterior es una explicación que acude al expediente de la conspiración. Es posible que sea un proceder erróneo, pero como ciudadano medio espero estar disculpado. Saludos.

Monday, May 08, 2006

Reivindicación de la Revolución

En la sección "Tribuna Abierta" del Diario ABC (www.abc.es) he publicado hoy el artículo "Reivindicación de la Revolución". Saludos.

Sunday, May 07, 2006

Cotidianidad 1

"Tirar la toalla". ¿Quién no ha sentido ese sentimiento que en ocasiones nos embarga de desear "arrojarlo todo por la borda" y cambiar de posición o de actitud?. Hay situaciones vitales en las que resulta casi imposible "tirar la toalla". Se trata de aquellas situaciones en las que hacerlo significa renunciar de manera definitiva a lo que somos. Decía R. Rosellini, cuando se le preguntaba acerca de su posición como director de cine, que él en la vida para lo que estaba aprendiendo era para ser un hombre, y que lo de director de cine era algo accidental. Y es verdad. La vida es lucha, consecución de objetivos, selección de acciones...pero todo ello bajo el signo de la honestidad, pues sólo a partir de ese signo cabe justificar cualquier desarrollo vital humano. Por ello, si "tirar la toalla" significa renunciar a lo que creo caracteriza al ser humano, mejor es no hacerlo nunca, pues ello se traduciría en perder lo que nos identifica.
En la vida cotidiana (de una sociedad organizada, libre y democrática), no se plantean grandes y graves disyuntivas a la hora de tener que elegir entre opciones dispares. Partiendo de que ninguna de las opciones en liza supone poner en cuestión la justicia, nos afanamos por defender y sacar adelante nuestra propia opción, convencidos de que la misma es la mejor por las razones que fuere. Pero los defensores de la opción alternativa, convencidos de lo contario, tratarán de poner todos los obstáculos posibles para que fracasemos en nuestra pretensión. Pensemos, por ejemplo, en el campo de la actuación política. Si ocupamos un puesto de responsabilidad política, lo haremos convencidos de que los proyectos que deseamos poner en práctica son positivos para la esfera pública, en tanto que los que se encuentran en la oposición, entenderán lo contrario. Se que no siempre es así, pero desgraciadamente, en muchas ocasiones la oposición no responde a razones de justicia, sino a razones de mera oportunidad política (desgastar o cuestionar cualquier iniciativa que proceda del gobierno). Cuando esto último sucede, la confrontación no es de ideas y objetivos, sino que se transforma en algo bien distinto: en pura palabrería. Aparece entonces la mentira y la manipulación, todo ello, como digo, no con el ánimo de proponer un proyecto alternativo fundamentado en razones objetivas, sino con la exclusiva finalidad de cuestionar de manera irracional la iniciativa del gobierno a fin de así desvalorizarla.
En este tipo de coyunturas, dicen los entendidos, si se desea "estar en política", la consigna no puede ser otra que la de la resistencia. Hay que resitir hasta el final, es decir, hasta ver plasmado el proyecto que hemos emprendido. Lo contrario significaría "tirar la toalla" y ofrecerle a la oposición la "cabeza en bandeja".
Seguramente los entendidos tengan razón. Y la pueden tener sobre el presupuesto de partida de entender que estamos en presencia de una regla propia de la actuación política. Dado que cualquier iniciativa proviniente del gobierno será cuestionada por la oposición, ésta debe ser defendida a toda costa hasta el final. El único detalle que se me escapa en todo esto es la implicación de las personas en el asunto. Si la política es racionalidad, defensa de la cosa pública, honestidad y privación de tiempo para asuntos propios, este tipo de reglas resultan incomprensibles y absurdas. En tales coyunturas, puede que lo racional sea "tirar la toalla" y mandar la "cosa pública" al carajo. Saludos.

Friday, May 05, 2006

Política y politización

Que el hombre es un animal político ya lo puso de manifiesto en su momento Aristóteles. Es más, no es concebible la vida en sociedad si no es a través de la política. El binomio individuo-comunidad, ciudadano-comunidad política, continúa siendo la clave fundamental que explica la presencia del ser humano en este mundo. Pero esto es una cosa y otra bien distinta es lo que sucede hoy en nuestra sociedad: vivimos en España con un exceso de política o, en otros términos, la presencia de la política en los medios de comunicación, en las conversaciones cotidianas y en la propia vida familiar, es excesiva. Se trata de un síntoma no positivo, toda vez que existen otros fenómenos que, aunque relacionados con la política, escapan sin embargo a los esquemas muchas veces simplistas que se aplican a la política.
Durante el franquismo la política estaba conscientemente hurtada al pueblo. Si alguien preguntaba a un ciudadano medio alguna cuestión de naturaleza política, la respuesta usual era: "Miré usted, yo de política no entiendo". Hasta cierto punto la respuesta era comprensible, entre otras cosas, porque "meterse en política" en la época de la dictadura podía conllevar consecuencias negativas. Sólo existía una única política, la de la adhesión incondicional al régimen. Los que estaban al margen (la mayoría), no sólo no les interesaba la política, sino que en caso de estar de verdad preocupados por la misma procuraban no exteriorizarlo "por si acaso".
Con la llegada de la democracia, parece lógico que se produjera una explosión con relación a lo que durante tantos años estuvo severamente reprimido. Pero claro, llevamos ya unos cuantos años de régimen democrático y, sin embargo, parece que fue ayer cuando dejamos atrás la dictadura, sobre todo, si como ocurre en estos momentos, algunos políticos se empeñan en hacernos ver que la recuperación de la auténtica democracia consiste en retrotraernos al año 1931.
Soy consciente de que el problema de los denominados "nacionalismos" en España es un problema viejo y que no ha dejado de latir durante la instauración y disfrute de la libertad en estos años. Pero creo de verdad que la responsabilidad histórica de los grandes partidos en España (PSOE/PP) no puede ser otra que la de alcanzar un pacto político que de una vez por todas reconduzca este problema a sus justos términos: el respeto a la indisoluble unidad de la nación española (Constitución de 1978). Hasta que este pacto no se produzca, no estaremos fortaleciendo la política, sino un proceso bien distinto: la politización, y ello, tarde o temprano, conllevará a un proceso de banalización y hartazgo de la política que posibilitará que ésta sea entendida en clave de enfrentamiento irreconciliable entre esapañoles o, en el mejor de los casos, a que los esfuerzos de los políticos no se dirijan a solventar los problemas reales de los ciudadanos (edudación, trabajo, vivienda, sanidad, etc.).

Tuesday, May 02, 2006

La política y los políticos 2

Reflexionemos sobre las deficiencias del sistema democrático representativo, pues haciéndolo, contribuiremos sin duda a mejorarlo.
Tengo un amigo al que no le falta razón cuando señala que habría que cambiar el actual sistema electoral para elegir a senadores, diputados, consejeros y concejales. Su propuesta es de todo punto absurda, pero sin duda responde a una realidad que desvaloriza la representación. Teniendo en cuenta que nuestros diputados y demás representantes se presentan formando parte de una lista cerrada que es confeccionada por los partidos políticos, nos encontramos con que a la hora de votar en el seno de las Corporaciones a las que pertenecen lo hacen como "si fueran un sólo hombre". No cabe la discrepancia, y todos los pertenecientes a un mismo grupo, a la hora de votar, lo hacen de acuerdo con las directrices que en cada caso haya establecido el partido a través de su portavoz. En otras palabras, que votan como auténticos "borregos". Si esta es la regla general, dice mi amigo, los contribuyentes nos podríamos ahorrar mucho dinerito cambiando el sistema electoral. Debería reducirse la elección a un representante por cada formación política que se presentara a las elecciones. Esto es, en el caso del Congreso de los Diputados, a un representante por el PSOE, uno por el PP, uno por IU y así sucesivamente.
Basta con fijarse en las últimas votaciones llevadas a cabo en el seno de las Cortes Generales con el fin de aprobar el Estatuto de Autonomía de Cataluña, para comprobar que ni un sólo diputado del PSOE votara en contra o, a la inversa, que ni un sólo diputado del PP votara a favor. Se impuso en este caso, y no precisamente como excepción, la regla de la disciplina más estricta de partido. En otras palabras, ¿a quién representan los diputados, al pueblo o al partido?.
En otros países de más larga y asentada tradición democrática (caso de Gran Bretaña o Estados Unidos de América), la regla general es la contraria. Los partidos han de negociar en primer lugar con sus propios diputados y, en numerosas ocasiones, éstos votan en contra de las directrices marcadas por el partido. Baste con recordar aquí la votación en contra que sufrió el gobierno de Tony Blair cuando llevó al Parlamento su legislación en materia de terrorismo.
Sin duda, un paso en la línea de empezar a acabar con esta deficiencia del sistema sería el establecer listas abiertas, y que los ciudadanos podamos votar a personas con nombres y apellidos y, sobre todo, con trayectorias probadas de preocupación por la cosa pública. Sin embargo, ello no es suficiente. Se exigiría además que cambiáramos nuestra mentalidad en el sentido de dar más relevancia al individuo frente al grupo o la comunidad, pues en suma, esto es lo que subyace en el actual sistema: la falta de confianza en la libertad individual, que trata de neutralizarse a través del antidemocrático sistema de la llamada disciplina de partido. Saludos, continuaremos hablando del gobierno...

Sunday, April 30, 2006

La política y los políticos 1

¿Se puede ser político en un sistema democrático representativo? La respuesta sólo puede ser afirmativa, al menos, para aquellos que creemos en las virtudes -a pesar de los defectos- del sistema democrático representativo. Me niego a entrar en el grupito de los privilegiados (generalmente funcionarios) que permanentemente cuestionan las desventajas del sistema y viven de las mismas, ya sea como sindicalistas o como representantes de hecho de los que ellos mismos denominan excluidos del sistema.
Exteriorizo ahora un pensamiento que algún reaccionario calificará como racista, pero que estoy convencido es auténticamente progresista: en una país en el que la democracia está tan asentada como USA, resulta un peligro para el sistema el número de inmigrantes procedentes de Latinoamérica. ¿Por qué? Pues por la sencilla razón de que el origen de esa población no es otro que el de sociedades marcadas por el cultivo permanente de hábitos antidemocráticos. No se trata de estar en contra de los movimientos migratorios y del inalienable derecho de los seres humanos a buscar y encontrar mejores condiciones de vida, sino de afirmar la necesidad de que los que lleguen se integren y practiquen en todos los ámbitos los hábitos de la sociedad democrática a la que quieren pertenecer. Para contribuir a que ello sea así, resulta fundamental que los políticos defiendan con convicción las ventajas del sistema y, sobre todo, que destinen los medios para educar a los inmigrantes en los valores democráticos.
Es evidente que este mismo compromiso es exigible a los políticos con respecto a los que no somos inmigrantes, pues contar con un sistema educativo que se fundamente en el respeto a la libertad, que esté dirigido a potenciar la conciencia crítica de los estudiantes y que afiance el sentimiento de compartir unos valores comunes, es una firme garantía para la perdurabilidad del sistema. Y esto, obviamente, nada tiene que ver con la injustificada pretensión de eliminar o debilitar en el seno de la escuela pública la enseñanza de la religión, tal y como sucede en la actualidad en España. La separación Iglesia-Estado no supone ignorar la herencia positiva y el caudal de valores fortalecedores del sistema decmocrático que el cristianismo nos aporta. Semejante pretensión se conforma como una ocurrencia más de las irresponsabilidades a las que nos tiene acostumbrados el actual gobierno democrático de España, que permanentemente juega a la adopción de iniciativas que ponen en cuestión las reglas de convivencia que democráticamente aprobamos los españoles con la Constitución de 1978. Saludos.